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DERRIBANDO EL MITO DE LA DECADENCIA INTELECTUAL MEDIEVAL

Iram Melo Espinoza
Estudiante de Licenciatura en Historia de la Universidad Católica de la Santísima Concepción.
Recreador medieval en Kultur medieval
Estudiante de esgrima en Esgrima Histórica Concepción.
Colaborador permanente en Medieval.cl.

 

«Nos esse quasi nanos, gigantium humeris insidentes, ut possimus plura eis et remotiora videre, non utique proprii visus acumine, aut eminentia corporis, sed quia in altum subvenimur et extollimur magnitudine gigantea»

«Somos enanos encaramados a hombros de gigantes. De esta manera, vemos más y más lejos que ellos, no porque nuestra vista sea más aguda sino porque ellos nos sostienen en el aire y nos elevan con toda su altura gigantesca».

-Frase atribuida a Bernardo de Chartres, filósofo neoplatónico del siglo XII-

     Es bastante usual que, de manera bastante estereotípica me atrevo a decir, se suele identificar a la edad media como una época donde la ignorancia proliferaba a la par de los conflictos bélicos y las epidemias que azotaron a Europa en más de una ocasión y que por el mismo hecho, se le ha dotado la característica de ser una “época oscurantista” o como un punto intermedio entre dos periodos históricos que se han visto marcados por avances intelectuales y tecnológicos de gran alcance en contraposición a una época marcada por una aparente decadencia cultural. No obstante, esto significa caer en una generalización apresurada.

Referente a su característica de “periodo oscuro” se relaciona en primera instancia a las ideas preconcebidas por los pensadores del siglo XIV como Francesco Petrarca (1304-1374) quien acuñó el término de los años oscuros para hacer un contraste entre la antigüedad clásica y los siglos venideros y que con posterioridad marcaría un modelo en lo que concierne a la manera en que se buscaba representar el periodo medieval. Es más, ya durante el siglo XVII se materializa esa imagen estigmatizada de la edad media por medio de “Historia medii aevi a temporibus Constantini Magni ad Constantinopolim a Turcis captam” de Christophorus Cellarius. No es sino hasta el siglo XIX donde esta época histórica comienza a ubicarse en el centro de los debates y las investigaciones producto del romanticismo y el nacionalismo de la época, en donde diversos estudiosos comienzan a iluminar el camino en lo que concierne a los que usualmente se creía.

Tomando esto como precedente, me veo en la obligación de mencionar que esta entrada se enfoca solo en mencionar como se intentaron mantener los conocimientos matemáticos y literarios que provenían de la antigüedad clásica. Está claro que hay muchos otros campos en los que se avanzó en aquel entonces, tales como la química, la metalurgia, la medicina, etc, pero eso amerita una profundización que podría verse en alguna entrada futura.

¿REALMENTE SE DIO UNA DECADENCIA INTELECTUAL EN LA EUROPA DE AQUEL ENTONCES?

La caída del Imperio Romano ha generado un sinfín de discusiones en los últimos años, dando a entender que tal acontecimiento ha implicado el hecho que Europa se ha visto sumergida en una decadencia intelectual la cual tuvo que ir reconstruyendo poco a poco hasta alcanzar altas cotas durante el Renacimiento. Sin embargo, hay que tener en cuenta los hechos: obviando los conflictos internos, Italia se vio afectada por las invasiones de los pueblos bárbaros lo que incurrió en un descenso demográfico producto del abandono de las ciudades y puertos. Esto último significó un debilitamiento de las muchas formas de producción como la metalurgia, la arquitectura o la agricultura y del mismo modo implicó la decadencia del entramado cultural. Sin embargo, todo lo anteriormente mencionado, es remitido solo a la Italia romana, la cual pasó a ser una provincia sin mayor relevancia a nivel cultural, político y tecnológico, al menos dentro de los siglos V al X.

Por otro lado, la perspectiva del resto de Europa, el Mediterráneo y Oriente distaban bastante de aquella visión decadente. Hay registros de diversas redes de abadías que comenzaron a establecerse desde el siglo VI y que abarcaban desde Irlanda hasta España y que mantuvieron vivo el conocimiento clásico de la tradición grecorromana por medio de los estudios, la enseñanza y las enciclopedias. Muchas de estas sedes obispales comenzaron a dotarse de escuelas en donde estos conocimientos se preservaban, se desarrollaban y se estudiaban.

Otro factor que también se debe tener en cuenta es el hecho que Alejandría había sido conquistada por los musulmanes, pero esto no implicó el fin de su hegemonía intelectual y cultural que la hizo tan notable en los tiempos antiguos. Es más, los conquistadores musulmanes poco a poco conceden libertades cívicas y religiosas a la ciudad, así como también a los diversos territorios que quedan bajo su jurisdicción en los siglos VII y VIII. Adquieren un interés por el conocimiento helenístico y comienzan a traducir varios de los textos clásicos a su idioma además de contribuir con sus propios conocimientos derivados de la medicina árabe. Hay que considerar además que la ciencia árabe, en conjunto con su interés por el legado clásico, también recibió influencias de la ciencia de la India y de China. En lo que concierne a Oriente y Occidente, es que a pesar de su “rivalidad” esto no representó un impedimento para intercambiar el conocimiento ligado tanto a manuscritos como a la empresa manufacturera.

Entonces, puede hablarse de un cierto equilibrio entre el conocimiento antiguo y la perspectiva cristiana en el sentido en que el primero comenzaba a adaptarse a las exigencias del segundo. Pero más allá de esto, también se encontraba la valoración al legado grecorromano que poco a poco comenzaba a tomar mayor fuerza entre eruditos y pensadores de la Iglesia. Un ejemplo de esta situación se puede reflejar en San Jerónimo (347-ca.420) quien tradujo la Biblia el griego al latín (Biblia Vulgata) pero que rechazaba el conocimiento de la cultura clásica, exponiendo que solo era válido cuando se trataba de construir un discurso cristiano. Caso opuesto sucede con San Agustín (354-430), quien reconocía el patrimonio retórico y literario del mundo antiguo, pues lo encontraba indispensable para la formación del intelectual cristiano.

De la misma forma, Boecio y Casiodoro (quienes más adelante se mencionarán en esta entrada) acogen el saber antiguo y lo adaptan a la nueva espiritualidad cristiana, uno de los mayores referentes en lo que respecta a la valoración del conocimiento clásico, puede recaer en Alcuino de York (735-804) quien reorganiza e impulsa el nuevo modelo de instrucción teniendo como referente el saber clásico. Este nuevo modelo sería conocido dentro de la reforma carolingia como una medida para elevar el nivel cultural de la iglesia, al considerar el saber clásico como un elemento cultural integrado al saber cristiano.

EL LEGADO DEL CONOCIMIENTO MATEMÁTICO MEDIEVAL

La contraposición a la perspectiva de las Sagradas Escrituras, llevó a varios estudiosos de corte platónico y aristotélico a difundir los saberes antiguos tanto en Grecia como en Persia. Junto con ello, los trabajos compilatorios fueron también un excelente medio de difusión de las ciencias matemáticas y que usaron como modelo la obra Historia naturalis de Plinio el Viejo (23/24-79). Algunos ejemplos de estos casos se pueden apreciar primero con el romano Boecio (ca. 480-525?) quien tradujo al latín varias de las obras de Aristóteles, así como también redactó varios de los aspectos esenciales de las matemáticas griegas, teniendo como base las obras de Nicómaco de Gerasa (siglo I), la astronomía de Ptolomeo (siglo II) y la geometría de Euclides (siglo III). El español Isidoro de Sevilla (560-636) también contribuyó al campo de la astronomía. En su obra Ethymologiae propone que el cosmos está constituido por esferas concéntricas que “tienen forma de rueda” y que la tierra se encuentra en el centro.  Otra de sus obras, denominada Rerum natura, establecía la noción del día y de la noche, los cuales eran posible gracias a la rotación de los cielos sobre el planeta. Aunque la obra de Isidoro tiene cierto componente científico, tampoco descarta la posibilidad de la influencia de los astros y los cuerpos celestes sobre los seres vivos.

     Inglaterra tampoco se quedaba atrás en la materia astronómica, siendo Beda el Venerable (672-735) uno de los mayores referentes en el conocimiento clásico en el territorio anglosajón. Beda escribió el Natura Rerum cuya obra expuso las concepciones cosmológicas transmitidas tanto por la Naturalis historia de Plinio el Viejo como de la Rerum Natura de Isidoro de Sevilla. Sus contenidos se alinearon con exponer la esfericidad de la tierra, así como proponer que tanto el día como la noche se producían por la rotación del firmamento alrededor de la tierra. Cabe mencionar que además explicaba que los planetas se movían en función de sus combinaciones geométricas. Beda, al igual que Alcuíno de York fundamentó sus estudios tanto en las compilaciones latinas como en la de los Padres de la Iglesia.

PERO… ¿QUE HAY DE LA LITERATURA?

  El entorno literario fue otro de los legados rescatados del mundo antiguo, muchos de los eruditos que incursionaron en los números, también lo hicieron en el ámbito de las letras y cabe mencionar además que al igual que en el caso de las matemáticas, este campo del saber comenzó teniendo cierta “rivalidad” con las Santas Escrituras para luego adaptarse y relacionarse con las mismas. Dentro de este campo se puede hablar en primera instancia de la poesía cristiana como un intento de “cristianizar”, valga la redundancia, la gramática y la retórica al surgir el interés de generar reflexiones metagramaticales en las artes del lenguaje. Principales exponentes de esto son Draconicio en África (siglo V), Ávito (siglos V-VI) y Venancio Fortunato (ca. 530- ca. 600) en la Galia y Enodio en Italia (474-521). Ellos, en conjunto con las últimas obras de la literatura pagana (que no pasaban del siglo V) conformaron la actividad literaria de la Alta Edad Media.

Por otro lado, Inglaterra, Gales e Irlanda desarrollan en sus entornos monásticos la tradición poética en función del enigma y la experimentación lingüística y que se encuentra imbuida por el conocimiento clásico. A esto también se le debe agregar la contribución de los pueblos germánicos por medio del patrimonio mítico, legendario e histórico de la tradición oral como lo fue “el cantar de los Nibelungos” en donde el elemento clásico se fusiona con la polifonía literaria de la Edad Media.

El otro lado de la actividad literaria se relaciona con la centralidad de la Biblia. El trabajo incesante de la interpretación de las Santas Escrituras ha dado con el hecho de que en ellas se encuentra un componente teológico y místico inculcado por el neoplatonismo. Asimismo, existe una voluntad de instituir un poema épico cristiano que sustituya la poesía clásica y tomando la Biblia como referente, se tiene un material inagotable y temático lo que acrecienta las posibilidades de narrar los hechos religiosos e históricos de manera épica. Pero además hay que considerar que la misma interpretación de la Biblia se constituye como una representación de la realidad que tiene diversos elementos metafóricos y alegóricos, estos elementos trascienden a la humanidad y la dotan de diversos modelos negativos y positivos al ser representaciones del comportamiento humano, lo mismo ocurre con la interpretación de la naturaleza, la cual se encuentra del mismo modo cargada de este sentido metafórico y alegórico.

Ya se ha hablado anteriormente de Boecio, quien en primera instancia incursionó en las matemáticas en su primera fase, luego de eso comenzó a traducir al latín el corpus de Platón y Aristóteles además de varios tratados de silogismos y lógica. En sí, las traducciones de Boecio se convierten en la primera llave de entrada a la filosofía aristotélica, al menos hasta el siglo XII además de proporcionar a la enseñanza medieval un modelo para el estudio y la comprensión de la investigación filosófica y teológica. Por otro lado, Casiodoro, contemporáneo de Boecio, incursionó en el monacato y la fusión de la cultura romano-cristiana con la intención de regular la copia de manuscritos, de hecho, Casiodoro fundó el monasterio de Vivarium en Italia, donde precisamente se realizaban estas actividades. Dotado de una biblioteca de clásicos del mundo antiguo, se inculcaba además de la traducción de textos, la preservación de estos como un patrimonio cultural frente a diversos desastres como la guerra.

Una de las obras de Casiodoro es Historia gothorum en donde realiza una contemplación del ideal político del elemento étnico romano en conjunto con el godo, el cual es logrado en un compilado de 12 libros. También escribe su obra más famosa, Institutione, un compilado de 40 capítulos divididos en 2 libros, del cual el segundo corresponde a la fijación del canon escolar de la división de las artes liberales (Trivium et Quadrivium) y aporta con material bibliográfico que supone esencial para la formación intelectual entre nociones de la Biblia y la literatura clásica.

 

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